Presentación del Diccionario del Fútbol

José del Olmo

Cierto es que nuestros grandes escritores y pensadores de la Generación del 98 no prestaron admiración por el fútbol sumidos en plena crisis de identidad nacional. Incluso Miguel de Unamuno despreció el juego por su rudeza y a sus aficionados porque se dedicaban más a comentar las jugadas que a practicarlo. Llegó a denunciar el daño que este deporte ejercía sobre la gente que asistía a ese tosco espectáculo, argumentando que no encontraba entre todos los asistentes a un partido la presencia de algún noble poeta que se atreviese a cantar la belleza de un juego. Y se olvidó de Rafael Alberti o de Miguel Hernández que sí escribieron para el húngaro Plattko o al joven Lolo.

Aquellos intelectuales noventayochistas no midieron con acierto el fenómeno social contemporáneo que se estaba gestando entre los jóvenes de su época. Ya desde su génesis, en plena efervescencia de la corriente modernista, se postuló someter la palabra fútbol al rigor del academicismo lingüístico con el fallido calco léxico como fue la palabra balompié. Llegaba al español un juego registrado en inglés que pronto desarrolló su propia terminología para hacerse entender entre los practicantes y aficionados a este deporte.

En un principio partimos de un objeto bien definido: un partido de fútbol, un juego regulado por la redacción de sus propias normas, dura 90 minutos, hay veintidós concurrentes, un balón de por medio y un árbitro que les recuerda el reglamento. Porque se juega al fútbol, pero el fútbol también se cuenta, se revive y se eterniza con palabras. Y lo que no tiene límites es el vocabulario al que los protagonistas, el público y los medios de comunicación dan cuerpo hasta acabar encontrando una dimensión lingüística propia dentro del idioma.

Trasladan lo que acontece previamente, durante y después de esa hora y media a un público deseoso de recibir la información. El hecho de haberlo presenciado in situ pasa a un universo secundario teniendo en cuenta todas las circunstancias que concurren en la reconstrucción del relato: las innumerables emisoras de televisión y radio, que lo retransmiten a la vez, las redes sociales con su impacto mediático directo y sin filtros, así como la prensa escrita que en la crónica deportiva ha desarrollado todo un género periodístico. Traduciendo a números todo este despliegue de emisores lingüísticos, fácilmente podemos comprobar que sobre esos 90 minutos de juego hay una ingente cantidad de personas que los están narrando a millones de receptores. Y cada uno lo hace con su acento, con su registros verbales y su propio estilo... y esto ciñéndonos solo a lo que es un partido. Hay que multiplicarlo por los miles de partidos que se disputan en el mundo para poder hacernos una ligera idea del caudal de textos que se generan constantemente en torno al fútbol.

Todo detalle del juego reclama su propio espacio en la lengua. Se manejan tecnicismos en torno a la reglamentación y estructura legal de los clubs, con los rasgos propios del lenguaje administrativo y jurídico. También es importante la naturaleza de los materiales que se utilizan para su práctica. Hay presencia de términos tecnológicos porque se ha pasado de la antigua dualidad campo de hierba/campo de tierra al actual césped natural o artificial con la opción híbrido. Igualmente, la evolución y desarrollo de las tácticas de juego que especifican la labor y responsabilidad de cada jugador. Y la gran importancia que tiene la ubicación de cada jugada sobre el campo, lo que ha obligado a un pormenorizado registro de nombres para hacer llegar al receptor una contextualización del juego recreable en su imaginación.

Con todo, lo que quizá atrae más al estudio lingüístico es el relato en sí de las jugadas que acontecen en un partido. Los protagonistas, los jugadores, pugnan en un juego donde cada momento es de máximo interés, ya que de él depende la consecución de la siguiente jugada y así sucesivamente. Se refleja el acierto, la decisión, la fuerza, la intención, la efectividad... se trata de recoger minuciosamente todos los detalles y de manera condicionada a la subjetividad del narrador, que de una forma u otra, someterá su versión a sus simpatías y criterios personales. Un enfoque de la narración, caprichosamente inspirado en la épica de las grandes gestas o en el solidario sacrificio en la batalla donde los jugadores, héroes en el relato, rozan una efímera inmortalidad. Contar un partido de fútbol es dar vía libre a la imaginación del narrador para estimular el ánimo del receptor.

Llegado a este punto, la influencia del emisor se convierte en un factor determinante. Se somete decisivamente a la naturaleza del canal que permite la comunicación. El texto viene reforzado por las imágenes en directo de la retransmisión televisiva, que aparentemente le dan un carácter más denotativo. Porque desde hace ya tiempo, en las retransmisiones deportivas concurren varios comentaristas que someten cada acción a una constante revisión de impresiones. Existe mucha diferencia entre el locutor principal y los de apoyo, que recurren a explicaciones de contenido técnico. En la radio las exigencias del canal fuerzan una verborrea inagotable de recursos constantes, reforzados con la entonación para reclamar la atención del oyente. No se puede dejar de lado las redes sociales ni las retransmisiones en directo por Internet. En ellas la subjetividad da paso a un vocabulario abierto a cualquier tipo de innovación, con usos trasladados e hiperbólicos de las palabras que son incorporadas al mundillo futbolístico o que se constituyen en neologismos sin prejuicio alguno. Y para finalizar hay que reinterpretar el clásico texto escrito: pasamos desde el relato literario puramente academicista, con sus giros brillantes a la hora de mostrar un estilo elegante frente al espontáneo texto del reportero local, cargado de expresiones más próximas al texto hablado.

En el presente trabajo se demuestra que la delimitación del objeto de estudio es ambiciosa, porque la relación del léxico de la Lengua Española con el mundo del fútbol es multidisciplinar. La ingente cantidad de producción textual desde el siglo XIX hasta nuestros días, las diferentes respuestas que se han dado en el espacio geográfico hispanohablante y la propia evolución que el fútbol, como una actividad con vida propia, hacen que quede siempre abierto para una constante revisión y actualización.

A la hora de presentar el trabajo hemos preferido mantener la línea de exposición que utiliza la Real Academia Española en su Diccionario de la Lengua Española de 2024, la edición del Tricentenario, con su lema y sus diferentes acepciones, aquellas siempre bajo una concepción dentro del mundo futbolístico. Hemos añadido textos extraídos de las diferentes publicaciones, principalmente de la prensa escrita y digital, para que el lector pueda contextualizar mejor el uso al que se hace referencia. Afortunadamente, bastantes términos ya están recogidos en el Diccionario de la Real Academia Española, sensible a este fenómeno sociocultural, sin embargo, a veces lo hace de manera ligera y un tanto imprecisa. A su vez, en el fútbol se han adaptado usos de la lengua a partir de cierta y lejana afinidad semántica que aun así es perceptible con relativa facilidad. Por descontado, gran parte del potencial léxico del fútbol surge de las paráfrasis semánticas, la influencia de otros deportes y actividades sociales, composiciones sintácticas estables y de los préstamos de otros idiomas.

Trabajos sobre el léxico futbolístico se han producido y publicado de muy diversa índole. Los ha habido que no lograron desprenderse de su naturaleza lúdica dirigidos simplemente a satisfacer la curiosidad del lector de las páginas deportivas de ciertos diarios. En cambio, por su rigor lingüístico y por su metodología se hace obligado destacar el Diccionario de Fútbol (Anexos de Revista de Lexicografía) de Antoni Nomdedeu Rull, publicado por la Universidade da Coruña en 2009. Propiamente fue una reflexión sobre el léxico del español relacionado con el fútbol tras desarrollar su tesis doctoral sobre ese mismo tema, ya que el vocabulario trabajado expuesto fue reducido en número y la inclusión de nombres propios, como el de algunas federaciones nacionales o el de competiciones, no corresponde a lo que conceptualmente entendemos como un diccionario. También se hace necesaria la mención de otras publicaciones, como el Diccionario Espasa de términos deportivos, el Diccionario terminológico del deporte de Jesús Castañón Rodríguez, y en Internet la página de Neoma, Diccionario de neologismos del Español actual, dirigido por Carmen Sánchez Manzanares de la Universidad de Murcia, donde se recogen usos de términos del mundo del fútbol en la prensa de Murcia y Alicante.

Un aspecto importante que diferencia este trabajo de cualquier otro glosario o diccionario relacionado con el fútbol es la proyección sociológica que este deporte ofrece y que el léxico se encarga de reflejar. Porque no se trata de explicar solo las palabras que forman parte del fútbol oficial. Ese vocabulario exclusivo que se ha desarrollado para transmitir su reglamento, el dispositivo táctico de los equipos o la normativa que regula las competiciones. Existe otro fútbol arraigado en la sociedad que se aleja de ese rigor y que interactúa con el oficial. Ese otro fútbol donde las porterías no son tres postes sino dos montones de piedras, o dos botellas y el larguero está marcado por la altura de un supuesto portero; o ese balón, que ya no es el comercial número 5, sino un objeto redondo que es pateado por jugadores repartidos de manera irregular en dos equipos. Porque también es fútbol, el que se juega en los patios de los colegios, en las calles o en los descampados. Ese fútbol que se escapa de la reglamentación de la FIFA del que saldrán los futuros jugadores profesionales y los futuros profesionales de la comunicación deportiva. A la hora de definir los términos también se ha tenido en cuenta que el fútbol ha generado su propio universo.

En el capítulo de agradecimientos, estoy en deuda con Salvador Pons, profesor titular del Departamento de Filología Española de la Universidad de Valencia, por su asesoramiento, consejos y observaciones que han sido esenciales para enfocar el proyecto. Fundamental ha sido la aportación de mi hermano Antonio, que durante todo este tiempo me estuvo sirviendo puntualmente la prensa deportiva. Agradecido estoy a Víctor Martínez Patón, presidente de la Academia del Fútbol Español, por su respaldo y apoyo, a Samantha Tormo y a Javier Bravo, que a las primeras de cambio me enviaron un caudal léxico muy atractivo, a mis compañeros de la Academia que mostraron su interés por la evolución de la obra y por esas palabras difíciles que me hicieron llegar. A mi buen amigo Jaume Tortosa, que supo reforzar mi entusiasmo por este trabajo. También tengo que agradecer la comprensión de mi esposa May, mi hijo Carlos, mi nieto Máximo y mi gran amiga Marta que respetaron pacientemente todo este tiempo en que estuve abducido, porque he de reconocer que esto de buscar futbolismos engancha una barbaridad.